No importa cuántas veces creas que logras atrapar el significado de tu existencia porque cuando menos te das cuenta se ha escapado de entre tus dedos sin dejar rastro alguno. La abrumadora falta de huellas o registros de su existencia te cala las vísceras, te deja sudando frío y preguntándote si en realidad en algún momento estuvo ahi... o si no fue más que un sueño, de esos que son tan vívidos y con tantas referencias a la realidad que es imposible saber a ciencia cierta cuáles de los detalles y las sensaciones fueron en su momento reales y cuáles fueron arrastrados hasta nuestra consciencia por el silencioso aleteo del mismísimo Dios Morfeo.
Asi me pasa últimamente, que recuerdo haber sabido para qué... haber conocido mi por qué... y en ese momento despierto de un eterno letargo para descubrirme dentro de una angustiosa burbuja de ideas y pensamientos que me paraliza desde dentro. La burbuja me deja ver la realidad, pero su nebulosa capa distorsiona todo lo que está ahí afuera y me impide escuchar o sentir lo que sucede al exterior. Mis pensamientos toman el control y es ahi cuando todo se puede dar por perdido. El ruido de mis verdades no me deja ser y quedo atrapada en un mundo de deberías y hubieras que me tortura sin piedad alguna. Ya estoy cansada de pensar en lo que debí haber sido, en lo que hubiera podido ser. Mi memoria es traicioneramente selectiva y se olvida de recordarme que en su momento rompí con ese amor eterno y puro porque era completa y absolutamente insostenible, su egoísmo, su posesividad y sus exigencias me sometieron a tal extremo que mi función no era más que la de reproducir hasta el infinito su verdad. Fue por eso que decidí tomar distancia y partir a Australia, a realizar una maestría que abordaba el cine tan sólo por encimita. Mi vida detuvo ese giro centrípeto alrededor del cine y comenzó a generar una fuerza centrífuga hacia paraderos desconocidos. Y es ahi dónde hoy me encuentro.